Desde el lanzamiento de El manto que me cubrió nos habíamos prometido volver a encontrarnos, dejarnos deleitar por la belleza del páramo y abrazar a Sandrita en esta fecha tan especial. Y así fue. Compartimos risas, recuerdos, anécdotas y conversaciones que nos hicieron sentir nuevamente como en los viejos tiempos.
La celebración de sus 50 años tuvo la sencillez y la belleza de las cosas verdaderamente importantes. En medio del paisaje majestuoso del páramo, alrededor de una mesa sencilla y generosa, compartimos el delicioso fiambre preparado por Claudita Galeano, emprendedora, excelente cocinera y amiga entrañable, servido sobre hojas de plátano que le dieron a la celebración ese sabor auténtico de nuestras raíces. Acompañadas por el hijo de Sandrita, celebramos su vida, sus sueños y el privilegio de seguir caminando juntas después de tantos años.
Nueve de las once compañeras de la Promoción Social de 1994 logramos estar allí, compartiendo abrazos, historias, fotografías, recuerdos y la alegría inmensa de seguir encontrándonos. Fue una celebración cargada de gratitud, en la que comprendimos que el paso del tiempo no ha disminuido el cariño que nos une; por el contrario, lo ha fortalecido y enriquecido con cada experiencia vivida.
Durante la visita también pasamos, aunque fuera de lejitos, por el Campestre, un lugar que siempre despertará innumerables recuerdos y emociones. Verlo nuevamente, aún en la distancia, fue suficiente para transportarnos a aquellos años de infancia y juventud que marcaron nuestras vidas. Nos sorprendió comprobar que aquel hogar de nuestra niñez sigue de pie; sus muros permanecen firmes, la maleza no ha logrado derribarlo y sus colores aún resisten el paso del tiempo. Desde el abandono, el Campestre parece seguir llamándonos, custodio silencioso de nuestras historias, nuestros sueños y nuestros recuerdos. Fue inevitable añorar lo que fue, agradecer lo vivido y confirmar que hay lugares que jamás abandonan nuestro corazón.
Más tarde llegamos a la casa de Marquitos, quien ya no nos acompaña físicamente, pero cuya memoria sigue viva en cada conversación y en el cariño de quienes lo conocimos. Allí nos recibió con generosidad Amparito, su esposa, abriéndonos las puertas de su hogar y de sus recuerdos. Compartimos unas deliciosas onces preparadas con el mismo sabor y dedicación que hicieron famoso a Marquitos entre nosotras, mientras evocábamos anécdotas, risas y momentos que el tiempo no ha logrado borrar.
Al caer la noche, junto a Sandrita Amézquita, tuvimos la alegría de quedarnos en la casa de don Rojitas. Compartimos con sus hijos y con Gracielita, su querida esposa, en un ambiente lleno de cariño, conversaciones y recuerdos. Cada palabra nos transportó a aquellos años en los que ellos hicieron parte de nuestro día a día, permitiéndonos revivir con gratitud tantas experiencias compartidas y sentir, una vez más, el afecto de quienes también marcaron nuestra historia.
Hubo un tema que nos unió de manera especial durante toda la jornada: el libro. Conversamos sobre El manto que me cubrió y sobre todo lo bueno que ha generado en cada una de nosotras. Recordar nuestra historia común, revivir experiencias y reconocer cuánto significaron aquellos años fue profundamente emotivo.
Más allá de sus páginas, el libro ha comenzado a tejer algo maravilloso: encuentros y reencuentros que nutren el alma. Gracias a su llamado hemos vuelto a reunirnos, a abrazarnos, a recordar quiénes fuimos y a celebrar quiénes somos hoy. Ver cómo esta historia continúa construyendo puentes entre personas que compartieron una misma vida es, sin duda, uno de los regalos más hermosos que me ha dejado escribirla.
Porque los lugares pueden cambiar, pero los recuerdos permanecen intactos en el corazón. Hay amistades que el tiempo no desgasta, historias que merecen ser contadas y lugares que nunca dejan de habitar nuestra memoria.
